14/10/09

Violencia

Leído en El País: La violencia desangra Caracas. Con más de 30 muertos a tiros cada fin de semana, la capital de Venezuela es la segunda ciudad más peligrosa del mundo, después de Ciudad Juárez. (...) Es un peligro para todos. Muchos de esos jóvenes han sido miembros de bandas de delincuentes. Y cuando matan al miembro de una banda, los de la banda rival saben que todos sus compañeros y familiares van a estar reunidos en el velatorio, llorando al difunto. Entonces van a la funeraria y les disparan a todos. Y salen perjudicados familiares inocentes. Euro Villalobos, presidente de la Cámara de Funerarias, asegura que al menos dos veces al mes se desatan balaceras de este tipo en las capillas y velatorios de Caracas. Los pandilleros disparan primero al ataúd para cerciorarse de que el enemigo está bien muerto. Luego apuntan a todos los demás. A los rivales y a los que no lo son.
La primera vez que visité Caracas fue en el año 1989. La visita formó parte de una gira que llevó al Taller Canario a Venezuela, Nicaragua y Cuba. La violencia, por entonces, ya era un tema candente. Millones de venezolanos y venezolanas vivían apiñados y apiñadas en los ranchos, trepando por las laderas: rastros humanos abrazados a la inclemencia de la selva. Las alertas a los turistas extranjeros eran constantes, como muchos eran los horarios y los barrios prohibidos. Los ranchos en Venezuela son favelas en Brasil, villas en argentina, poblaciones en Chile... Desigualdad, marginación y violencia. Personas en crisis eterna. Hoy hablamos de la crisis tan sólo para salvar a los banqueros y a los corruptos y a los que se han repartido el mundo. Esa violencia está ahí, perenne y ¿a quién le importa? No surgió de la nada. No se generó a sí misma. Tiene razones directamente proporcionales a la desigualdad y el poder.
Hace unos meses leí un libro del periodista mexicano Sergio González Rodríguez titulado El hombre sin cabeza. Es un ensayo sobre la decapitación a lo largo de la historia. Ensayo que incide en la decapitación como forma de violencia utilizada, cada vez más, en México. Una decapitación implica lo contrario de un puente: es un tajo que impide transcurrir la vida. (...) La usanza de las decapitaciones en México se atribuye a la influencia de los narcotraficantes de Colombia, que, desde años atrás, comenzaron a estar en México e impusieron un trasfondo estético-ritual en el derramamiento de la sangre. Se cuenta que, en aquella época, un narcotraficante sinaloense recibió, dentro de una caja de cartón envuelta como si fuera un regalo, la cabeza de su esposa. (...) Desde tiempos primitivos la decapitación lleva la finalidad de triunfar sobre el enemigo y mostrar que, al efectuarla, se asume el espíritu del vencido. (...) Quien le corta la cabeza a un semejante es capaz de cualquier crimen.
Esto da miedo. Un miedo incontrolable; y no esas películas de ficción espantosa que ahora están de moda y que los chicos y chicas consumen ávidamente. Quién sabe, quizá lo hacen antes de salir de cacería, machete en mano. Pobreza y carencia de planes educativos, falta de motivación y parálisis mental. La infancia y la juventud en manos de los desalmados. Niños de la calle. Asesinos a sueldo. Y yo que leí La Virgen de los sicarios de Fernando Vallejo y me pareció un tanto exagerado.
Sergio González Rodríguez también escribió el libro Huesos en el desierto sobre los crímenes de mujeres en Ciudad Juárez. Este es un libro que también da miedo y que también recomiendo a todo aquel o aquella que quiera saber con detalle lo que sucede en ese lugar de la frontera de México y EEUU.
El libro Huesos en el desierto y su amistad con Sergio González fue de gran ayuda para Roberto Bolaño cuando escribió el tercer capítulo de 2666 titulado La parte de los crímenes. Roberto Bolaño, escritor al que admiro enormemente, dice de Sergio González: Pero antes sucedieron otras cosas. Entre ellas, un intento de asesinato del que Sergio se salvó por los pelos. Y varios seguimientos. Y amenazas y teléfonos intervenidos. Cosas que hubieran espantado a cualquier otra persona, pero que Sergio, con una calma aplastante, sólo ha experimentado como quien observa llover. Lo cierto es que, más que una lluvia, lo que Sergio ha observado y luego de alguna manera vivido es un huracán. Huesos en el desierto es así no sólo una fotografía imperfecta, como no podía ser de otra manera, del mal y de la corrupción, sino que se convierte en una metáfora de México y del pasado de México y del incierto futuro de toda Latinoamérica. Es un libro no en la tradición aventurera sino en la tradición apocalíptica, que son las dos únicas tradiciones que permanecen vivas en nuestro continente, tal vez porque son las únicas que nos acercan al abismo que nos rodea.

5 comentarios:

  1. A veces pienso con cobardía que me gustaría no enterarme de tanta calamidad. Me siento egoísta por ello, pero de igual forma no me abandona el sentimiento de impotencia ante tanta destrucción. Dicen que ojos que no ven corazón que no siente. Aunque mis ojos no vean mucho, mi corazón se sigue resintiendo. Ver el estado en que se encuentra el mundo es dolorosísimo.
    No me queda otra que escaparme de vez en cuando del tiempo y del espacio para seguir respirando aire fresco...algún aire fresco.

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  2. yo vivo en México y los contrastes sociales son latentes todos los días, la capital es una ciudad maravillosa pero llena de indiferencia y eso es lo que más duele, el no sentir.

    Hace unas semanas hubo un evento trágico en esta ciudad y cuando vi las imágenes de un crimen en una estación del metro, no pude hacer otra cosa mas que llorar, llorar por que a veces no queda más que hacer ante la indeferencia de los demás.

    Aún así quiero creer que este país puede cambiar, y quiero intentar hacer algo, sólo que no sé como.

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  3. La Tradición.

    Una palabra que bien la sitúas al final de lo que expresas. Tiene tanta holgura, molicie y "desahogo" como engaño. En México es una tradición la propia tradición.

    Voy varias veces al año a México, y cada viaje es nuevo, distinto y más enriquecedor que el anterior. Eso ha hecho que desde hace muchos años ame a este país con tanta fuerza que a veces duele.

    Hace 5 años, Mario, Mexicano y yo española, nos casamos en Oaxaca, ( por puro romanticismo, estoy enamorada de esta ciudad), pero vivimos en España, y que cada vez que llegamos a su país se estrella contra una realidad que le hace daño y le desborda el corazón como los pequeños temblores que sacuden a la inmensidad del D.F todos los días de su existencia.

    Este año, yo necesitaba un descanso y una parada casi "vital" en mi caos diario, donde entendía desde hacía meses, (años quizás), que estaba perdiendo el valor de todas mis emociones, porque iba al mismo ritmo y movimiento, que la propia vida... Y eso es demasiado rápido, al menos para mí.

    El 1 de Julio pasado me fuí un mes a México,. Paré. Salté el charco y llegué sola en medio de una de esas tormentas que estremecen al hombre y acarician a las estrellas. Esas hermosas tormentas tropicales y hercúleas, que arrastran todo aquello que en tu mente se disculpa o se entrega sin permiso.

    Me fuí hasta Morelia, a un pequeño pueblo, sitio que se ha convertido para mi en un rincón donde puedes escapar de todo lo que desees y ser y sentir la libertad. Ser y sentirla no es lo mismo.

    Y así, descansé durante días y días en el hotel-Casa de mi querido amigo y fotógrafo Didier Dorval... Rodeada de belleza y libros, de música al piano de Didier, y té caliente cuando la lluvia me daba un descanso a mis pies y a mi lente.

    Regresaba todas las tardes. Después de horas fotografiando, paseando en soledad, observando, respirando y mimetizándome con cada célula, palabra, o movimiento que pasaba ante mí.

    Una noche, estaba ya en mi cama leyendo y una ráfaga interminable de disparos detrás de la pared que separa el hotel de la calle de atrás, me dejó paralizada. Sentí un miedo extraño, pero luego una más extraña tranquilidad...

    Esto ocurrió cuando vi que nadie se extrañaba, pues esperé sin moverme por precaución en la cama a que llegase Didier, o su compañera Gemma, para decirme algo, o comentar lo sucedido, pero nunca llegaron,... esperé a María, la chica que atiende el pequeño hotel, mirando desde mi cama los cristales de la puerta de mi habitación y que dan al pequeño jardín, pero tampoco llegó... incluso esperé a Chanel, una pequeña Shar Pei de 9 meses, que pensé, llegaría asustada hasta mi puerta como hacía cada mañana y ladraría... tampoco llegó, ni ladró.

    Me quedé dormida en brazos de Benedetti y a la mañana siguiente en el desayuno, nadie comentó nada, yo ya había leído en la prensa lo ocurrido, el cártel La familia había ejecutado a 12 federales y durante la noche había sido sitiada la ciudad de Morelia por el ejercito y los federales. Me quedé por precaución 10 días más, ya que mi viaje de regreso al D.F era por carretera y eran donde estaban los conflictos y pude ver, sentir y contemplar el miedo que da el miedo.

    La gente calla, tiene miedo.

    La gente no mira, tiene miedo.

    Didier no tiene miedo, sólo me mira y me dice con su acento parisino... " Penelopeé,... es le tradición", y lo hace lleno de rabia, de incomprensión y de impotencia, porque desde hace 8 años lucha porque cambie las cosas y no ocurre nada.

    Nada de Nada.

    Miedo del miedo que da.

    Un abrazo Pedro y todo mi apoyo a la valentía de tus palabras.


    Penélope Sierra

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  4. Hay gente que tratan pero no pueden , aunque a veces se inspiran y dan algo bueno desde una espontaniedad espiritual y concluciones existenciales .Yo creo que es que no tienen que dar .Escuchar mas Pedrito Guerra entre otros a ver si repiten lo que oyen .

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  5. Caracas lleva años desangrándose, no es de ahora. Yo la visité en los años 80 y aquello era como ahora mismo...
    saludos y salud

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